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“¿Si compro medicamentos cómo voy a comprar comida?”

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Génesis Herrera | @genherr15

D etrás de un portón oxidado de color vinotinto en la Calle del Medio de Ocumare del Tuy, estado Miranda, hay un patio repleto de rocas y una casa amplia que alberga a varias familias.

Los ladridos de dos perros que corretean cerca de la entrada llenan el ambiente. El calor invade la piel mientras comienzan a caer algunas gotas de lluvia que anuncian el torrente de agua, el cual, minutos después, lo inundó todo.

Sentada en una silla de mimbre, rodeada de niños y con una de sus hijas sobre sus piernas, se encuentra Greidimar Flores, de 24 años de edad.

Flores vive con su esposo y sus seis hijos en una habitación que le alquiló su tía. “Dormimos todos en la misma cama, pero por lo menos tenemos donde dormir”, dice.

 

La madre relata que residió con el padre de sus hijos en Yaracuy, donde tiene una casita hecha de troncos y de zinc. Cuando llegó al estado Miranda fue su tía quien le abrió las puertas y le permitió establecerse con su familia en uno de los dormitorios de su vivienda en Ocumare.

Flores, quien de vez en cuando canta música venezolana en algunos establecimientos para generar ingresos que le permitan mantener a sus seis hijos, explica que su esposo pasó un tiempo desempleado, por lo que su situación económica se complicó aún más.

Para cambiar sus circunstancias, el padre de sus hijos consiguió un empleo como vigilante. La madre detalla que en ese trabajo el sueldo es inferior al que estipula la ley, así que han tenido que hacer “malabares” para cubrir los gastos.

Los hijos de Flores tienen 2, 3, 7, 8, 9 y 11 años de edad. Ninguno de ellos asiste a la escuela, pero su madre se encarga de enseñarles en casa. Los instruye sobre música, funcionamiento de los instrumentos y danza.

La crisis alimentaria y la inflación no dejan de afectar a la familia de Flores, quien pone todos sus esfuerzos en dar alimento a cada uno de sus hijos.

“Comemos lo que podemos comprar, lo que se consigue”, denuncia. Nunca ha recibido ayuda del gobierno, ni siquiera cuando estaba en Yaracuy, donde le prometieron una casa y una bolsa de comida. “Pero nunca hicieron nada”.
 

Tilda de compleja su situación. Todo lo que consiguen ella y su esposo se lo dan a los niños. En muchas ocasiones han dejado de comer para entregarles a ellos lo poco que tienen.

Esta realidad se ve reflejada en sus hijos: se ven pequeños y delgados, sobre todo el de 9 años de edad, Alexander Puertas, quien presenta un cuadro de desnutrición que empeora mientras aparecen síntomas de diarrea, vómitos y fuertes dolores de cabeza.

En el médico las cosas no se ven esperanzadoras. Greidimar explica que los doctores le han dicho que, debido a la desnutrición, su hijo ha padecido diversas enfermedades. “Le recetaron antibióticos y medicinas, pero no tengo el dinero para comprarlas o no se consiguen”. Ha tenido que decidir entre comprar medicamentos o alimentos.

“Si compro los medicamentos, entonces, ¿cómo voy a comprar comida?”, cuestiona con indignación mientras sus hijos corren descalzos encima de la tierra mojada por la lluvia.

Para la familia Flores la alimentación y todos los gastos que necesitan suponen una gran lucha.

Comienza a escampar y el calor parece emerger del suelo. Greidimar abraza a una de sus hijas, que estaba a su lado, y señala que cuando va al doctor le piden que le dé a los niños vitaminas y alimentos nutritivos, los cuales “solo sirven para despertarles el hambre a todos”.

Mirando a su hijo Alexander desea que todo sea como antes: cuando podía comer de todo sin preocupaciones, sin dormirse con solo un vaso de agua en el estómago.

Greidimar se levanta de su silla y se dirige a la cocina para preparar el almuerzo de sus hijos con lo que haya. Antes de marcharse, dice en medio de la tristeza: “Les mandan vitaminas a mis niños. ¿Pero y después? ¿Después cómo les calmo el hambre?”.