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“Quisiera poder darle comida a mis hijos”

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Génesis Herrera | @genherr15

El calor asfixiaba. La fuerte lluvia que había caído sobre la Calle del Medio, en Ocumare del Tuy, estado Miranda, mantenía las calles mojadas y desiertas. En una esquina, tras un largo corredor de ladrillos, se encuentra el hogar de Nori Ramírez, golpeado por la crisis económica y humanitaria. Una familia que busca ganarle la carrera a las adversidades.

La ocumareña, de 54 años de edad, de vez en cuando vende café y “chupis” para costear los gastos de su familia. Vive con cinco personas, pero su principal prioridad son sus hijos: un varón y dos niñas. La dama sube los estrechos escalones hacia un pequeño comedor. Toma asiento junto con Liliana Abreu, su hija de 16 años, la mayor de los tres, quien sonríe mientras su madre habla.

La joven no recuerda su nombre cuando es interrogada por su madre. Sonríe con tímidez. Su camisa rosada deja al descubierto parte de su pecho y sus brazos, que mantiene cruzados, mientras queda en evidencia su extrema delgadez. Su pequeño cuerpo le hace parecer mucho más joven de lo que realmente es. La desnutrición la había puesto en el umbral del peligro: no crecía correctamente, presentaba déficit de atención y su cabello era escaso y quebradizo.

Ramírez también sonríe a su hija y le acaricia el brazo. La historia de su pequeña es compleja. Nació con tan solo siete meses y no había podido crecer normalmente. La madre explica que, desde su nacimiento, a Liliana le había costado engordar. En ocasiones la llevó al médico, pero nunca le dijeron cuál era el motivo que le impedía subir de peso. Con la crisis alimentaria, económica y social que atraviesa Venezuela la situación empeoró.


Ramírez ha vivido muchos momentos complicados, inscribir a su hija mayor en la escuela fue uno de los primeros aprietos que tuvo que afrontar.

“En ningún plantel me la querían aceptar. Yo no sé por qué. Estuve mucho tiempo buscando”, expresa la madre. Explica que gracias a la junta comunal finalmente le pudo conseguir cupo en una institución. Su hija de 16 años se encontraba cursando cuarto grado.

Comenta que a pesar de que le llegaba la caja de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), los alimentos no eran suficientes. En ocasiones ha dejado de comer para alimentar a sus hijos, sobre todo a Liliana, quien no dejaba de perder peso de manera alarmante. Todos están delgados, se notaba en las mejillas hundidas y en la ropa holgada, todas sus prendas les quedan grandes.

 

Liliana, mientras tanto, abrió un álbum de fotografías y se entretuvo mirando las páginas. Acarició cada una de las imágenes que veía.

Para Nori Ramírez el pasado fue un tiempo de buenas cosas que no volverán y de otras malas que, a su juicio, habían cambiado su vida y la de sus hijos para siempre. Recuerda que hace 10 años mataron a su esposo. El hecho ocurrió no tan lejos de su casa, a solo unas cuantas calles de distancia. Con lágrimas en sus ojos y un dolor que no puede disimular, Ramírez admitió que a raíz de eso todo se había complicado.


 

“Me quedé yo sola con mis niños. Me lo quitaron y me dejaron sola. Yo no sabía qué hacer”, consiguió decir en medio del llanto, con palabras entrecortadas. Todo parecía ir en picada. Lamenta haber estados sola y pasar hambre, además de tener a su familia en riesgo.

Al padre de sus hijos le quitaron la vida para robarlo. Entre el dolor de la pérdida y el sentimiento de soledad que la agobiaba, palpitaba un sentimiento indignante:

“Nunca agarraron a los asesinos”, susurró.

Cuando su esposo vivía, trabajaban en un local en el que vendían comida y productos para el hogar, pero ese proyecto también fracasó. Se quedó con el local pero tuvo que vender, poco a poco, todos los artefactos que guardaba en el inventario. El establecimiento quedó vacío y Ramírez lo mantiene cerrado.

“Mi sueño es volver a vender en mi local. Quiero poder darle comida a mis hijos”, indicó.

“Me quedé yo sola con mis niños. Me lo quitaron y me dejaron sola. Yo no sabía qué hacer”, consiguió decir en medio del llanto, con palabras entrecortadas. Todo parecía ir en picada. Lamenta haber estados sola y pasar hambre, además de tener a su familia en riesgo.

Al padre de sus hijos le quitaron la vida para robarlo. Entre el dolor de la pérdida y el sentimiento de soledad que la agobiaba, palpitaba un sentimiento indignante:

“Nunca agarraron a los asesinos”, susurró.

Cuando su esposo vivía, trabajaban en un local en el que vendían comida y productos para el hogar, pero ese proyecto también fracasó. Se quedó con el local pero tuvo que vender, poco a poco, todos los artefactos que guardaba en el inventario. El establecimiento quedó vacío y Ramírez lo mantiene cerrado.