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La agonía detrás de la búsqueda de un tratamiento

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Adriana Fernández @adrianakfv

La grama cuidadosamente cortada y el piso de parquet invitan a pasar. En la planta superior hay una sala con sillones de cuero marrón y una mesita central que logran que el lugar se sienta como una casa normal. Pero no lo es.

En cada rincón una serie de cuadros son dispuestos a menos de un metro de separación. En su interior, camisas blancas pintadas con mensajes alusivos al cáncer de mama decoran el lugar.


Afuera, en unas sillas de madera, un grupo de mujeres espera para pasar a la quinta. Entre ellas destaca Mireya Gómez, una señora de 78 años que reposa sus manos sobre su bastón. Junto a ella, su hija, Milagros Otero, espera atenta al llamado de una de las trabajadoras de Senos Ayuda.

Oriundas de Cumaná, capital del estado Sucre, decidieron viajar a Caracas para encontrar un tratamiento adecuado para Mireya, quien fue diagnosticada con cáncer de mama en septiembre de 2016, en vista de que en la ciudad de donde provenían no lo lograron conseguir.

Una mamografía fue el punto de inflexión en la vida de ambas. Recibir la noticia del cáncer marcó el inicio de una búsqueda que consideraron como implacable para aplicarle radioterapia y quimioterapia, pilares en la cura de la enfermedad.

 

Siete años antes de su diagnóstico, la evaluación para prevenir la enfermedad era constante en Gómez: cada seis meses se hacía la mamografía, proceso que duró dos años. Una vez finalizado este periodo, el control pasó a ser anual.

La muerte del esposo de Mireya, seguida de la muerte de su hijo y posteriormente del esposo de Milagros (su yerno), todas con dos meses de espacio entre sí durante en 2015, fue el detonante que motivó la aparición de una bolita en su seno izquierdo.

Un año más tarde, los doctores le realizaron la mastectomía general.

Pero para la quimioterapia y radioterapia, de siete tratamientos que la oncóloga le recetó a Mireya, solo pudieron conseguir tres. Su situación económica impide que puedan costear el tratamiento, cuyo precio sobrepasa la capacidad adquisitiva de la mayoría de los venezolanos.

 
“Mi mamá es maestra jubilada y yo soy profesora jubilada. Lo que uno gana alcanza para medio comer. No estamos comiendo bien: luchamos día a día para buscar la comida y mucho más difícil ha sido encontrar medicinas”, asegura Otero en una entrevista para El Nacional Web mientras se pregunta cómo hacer para pagar los más de 10.000 bolívares entre zanahoria y remolacha que los doctores le piden que su madre consuma a diario para subir las defensas.

Una vez en la capital, las mujeres perdieron la esperanza de conseguir medicinas en las farmacias. Milagros recuerda con frustración la ocasión en la que tuvo que llevar a su madre a un Centro de Diagnóstico Integral (CDI) por un dolor lumbar que presentó, luego de que en dos clínicas le negaran la ayuda del seguro del Ministerio de Educación porque la entidad no estaba solvente.

“Uno tiene que ir de un sitio a otro para ver dónde la atienden. Ni siquiera en las farmacias hay desinflamatorios”, critica la hija de Gómez.

La desesperación hizo que decidiera llevar a su mamá a un doctor de medicina alternativa, cuyo costo también es elevado. Además, la condición cardiaca de su madre dificulta la búsqueda de la quimioterapia, ya que muchas de las medicinas son muy fuertes para personas de su edad.

Incluso han recurrido a la acupuntura para aliviar los dolores de Mireya, “¿Adónde la llevo?, uno no sabe qué más hacer”, cuestiona su hija.

Milagros cuenta con el apoyo de su hermana, quien sufre fibromialgia, condición que le impide dar el 100% junto a ella. Por otro lado, Otero asegura que la situación con su madre ha sembrado una cultura de cuidados entre las integrantes de su familia, lo que la ha llevado a hacerse la autoexploración para prevenir la enfermedad.

“Hay que tener la cultura de cuidarse, porque uno no sabe qué vendrá después”, dice luego de explicar que Mireya es hermana de cinco mujeres más. “Mi mamá fue la única en padecer la enfermedad, y mira la edad a la que vino a tenerla”, expresa.

Emocionalmente, Otero trata de mantener a su madre lejos de todo lo que pueda afectarla, consciente de que el estado de ánimo es fundamental para tener éxito en la cura de la enfermedad.


“Me siento positiva en todo momento”, asegura con convicción Mireya luego de intercambiar una mirada de esperanza con su hija, quien no ha soltado su mano en todo el proceso de la enfermedad.