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Depender de un viaje a Caracas para curarse del paludismo

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Luis Pico

El reloj marca las 3:00 am. En plena madrugada, mientras en las casas contiguas sus vecinos intentan conciliar el sueño, Ingrid Márquez abre la puerta de su vivienda, ubicada en los Valles del Tuy (estado Miranda), para partir rumbo a la ciudad de Caracas.

No está sola. Aunque todavía faltan horas para que salga el sol, la acompaña su hijo Moisés* de 8 años de edad, quien en el último mes no ha parado de sentir fiebre y quebrantos.

 

Caras cansadas de personas paradas, sentadas y acostadas se acumulan mientras hacen cola a las afueras del hospital Arnoldo Gabaldón, situado en la Universidad Central de Venezuela (UCV). A las 7:00 am decenas de individuos ya se han anotado en una lista para asistir a una consulta en la que les confirmen si padecen paludismo, y en tal caso, comenzar a recibir tratamiento.

La urgencia de Márquez por convalidar si Moisés sufre malaria no es casual. A finales de 2016, madre e hijo soportaron en carne propia la enfermedad, pero fueron diagnosticados y asistidos en un módulo de Barrio Adentro cercano a su residencia.

En esta ocasión no corrieron con la misma suerte. El 19 de octubre acudieron al ambulatorio y los doctores, en lugar de repetir el procedimiento, le diagnosticaron toxoplasmosis al pequeño, descartando que hubiera tenido una recaída.

 
“Le dieron una pastilla que no tenía nada que ver con eso”, se quejó Márquez en entrevista para El Nacional Web, poco después de que los doctores corroboraran, a eso de las 11:00 de la mañana, que el muchacho había vuelto a contraer malaria. Para su fortuna, luego de un poco de descanso, podrían regresar a casa con las medicinas que requerían y con la esperanza de recuperarse.

Eso sí, Márquez y Moisés no son los únicos que desean no volver a recaer. Hansel Hurtado ya enumera los síntomas de memoria y sabe de cabo a rabo los medicamentos que podrían recetarle. Su sapiencia no se debe a que ha recibido clases de Medicina. Jamás en su vida vistió siquiera una bata, pero padece paludismo por cuarta vez en los últimos tres meses.

Desde el estado Vargas decidió trasladarse hasta el Arco Minero, en Bolívar, para incrementar sus ingresos y dar una mejor vida a sus familiares. “La vida en Caracas es muy dura y decidí probar suerte por relatos de amigos que ya habían ido para allá”, recordó Hurtado para El Nacional Web.

El no tener conocimientos sobre minería no fue un impedimento para que comenzara a ganar dinero. Nada más al llegar, la observación se convirtió en su mejor amiga para integrarse a los grupos que a diario buscan oro, desde el alba hasta el anochecer.

No todo fue color de rosa —u oro— para Hurtado. Exponerse al agua contaminada y a un ambiente de altas temperaturas rodeado de vegetación por los cuatro costados tuvo sus costos. Como ya había sucedido con sus compañeros, la fiebre y los escalofríos comenzaron a afectar su cuerpo.

A finales de julio le suministraron tratamiento por tres días, tras los cuales retornó a Vargas para compartir con sus seres queridos. No obstante, regresó al Arco Minero para continuar con sus labores, pero a los 15 días tuvo su primera recaída. En las inmediaciones de las minas obtuvo sus medicinas, pero al igual que en la oportunidad anterior, no pudo completar su medicación.

Transcurrido un mes, recayó por tercera ocasión, y por primera vez, le dieron tratamiento completo por 14 días seguidos. Recuperado, decidió devolverse a casa para dejar atrás definitivamente la minería.


“Saqué provecho pero había enfermedades, virus y falta de tratamientos. Además extrañaba compartir con mi familia”, analizó.

La tercera no fue la vencida. Alejado del estado Bolívar tampoco pudo eliminar el virus de su sistema inmunológico, que volvió a verse afectado, por lo que, al enterarse de que en la UCV podrían atenderlo, acudió también al amanecer para esperar toda la mañana y ser atendido.

Atender en una semana lo que se recibía en un año

“¡Luis López! ¡Carlos González! ¡Josefina Carvajal!”, grita un vigilante casi al instante en que enfermos como Márquez, Moisés y Hurtado salen del consultorio. Enseguida los suceden otros cinco pacientes, que al igual que ellos anhelan paliar los efectos del paludismo.

La patología que sobrellevan no es lo único que comparten: antes de entrar a la sala de espera todos tuvieron que esperar a que el vigilante leyera sus nombres, escritos sobre una hoja de papel en la que por orden de llegada se apuntaron al momento de llegada.

El procedimiento se repite hora tras hora sin parar. Cuando por fin les toca su turno, un médico transcribe sus historias, verifica sus identidades, de dónde vienen y sus condiciones higiénicas. Consiguientemente arranca la consulta, les hacen exámenes para determinar qué tipo de paludismo sufren y les recetan el tratamiento.

Hasta la primera década de los años 2000, en el hospital Arnoldo Gabaldón, dedicado de manera exclusiva a atender esta afección, atendían unos 20 casos de paludismo cada año.

La rutina de los doctores que allí laboran cambió radicalmente desde 2016. Con el repunte de enfermedades como el sarampión y la difteria, el paludismo también se disparó, por lo que actualmente en ese centro de salud reciben un promedio de 20 pacientes diarios, apuntó una fuente que pidió preservar su identidad.

Originarios en su mayoría del oriente del país —Bolívar, Anzoátegui, Monagas y Sucre—, los enfermos son referidos a este hospital, que además de tener laboratorios equipados para hacer pronósticos de paludismo, suelen mantenerse surtidos pese a depender del Ministerio de Salud, agregaron fuentes.

Más allá del servicio que le prestaron en el hospital, Ingrid Márquez, madre de Moisés, insistió en la necesidad de que se efectúen planes de fumigación y que se tomen medidas para reducir los índices de enfermos por paludismo, para que no tenga que regresar ni a ese ni otro centro médico.

“Es horrible pasar por esto. Da tristeza y dolor. Ojalá las autoridades no se sigan tomando esto a la ligera”, clamó Márquez.

El dato

El hospital debe su nombre a Arnoldo Gabaldón, médico venezolano que logró, gracias a estudios y planes nacionales, recudir a 1 por cada 100.000 habitantes los casos de malaria para la década de 1950.

*No se coloca el apellido para proteger la identidad del menor